REPORTAJES Y ENTREVISTAS

 

 

UNOS VAN Y OTROS VIENEN, TODOS SOMOS INMIGRANTES

 

 Rosmery Castro Quisbert, periodista boliviana(16/05/2006 07:12)

 

 Fuente: PERIÓDICO  EDITADO EN ESPAÑA SOBRE INMIGRACIÓN LATINOAMERICANA   WWW.VOZ-LATINA.COM

 

 

"Este vaise,aquel vaiste, e todos, todos se van. Galicia sin homes quedas que te poidan traballar" decía aquella brillante escritora española, gallega, Rosalía de Castro, conmovida por cómo en su siglo, 1800, sus paisanos cruzaban los mares para “hacer las Américas”.



Una artista africana, en un programa de televisión, denunciaba hace unos días el drama que están viviendo los de su tierra, mostraba su dolor e impotencia por esa gente que muere en los mares, en las costas españolas, “no son pobres”, decía “no lo son”, “no hay hombres ricos ni pobres en el mundo… hay sinvergüenzas que no tienen reparo en robarle el pan al otro”, robarle el pan al otro incluso para luego vomitarlo.

En tres días han llegado 1.000 africanos a las costas canarias de España, África escupe hombres al mar todos los días ante la mirada pasiva del mundo, unos mueren en ese recorrido de 6 días por falta de agua, comida, de agotamiento físico. Las autoridades europeas responsabilizan de este drama a las mafias, y ponen en marcha duras medidas para controlar sus costas. Según llegan los devuelven otra vez al infierno de África y estos lo intentan cuantas veces haga falta, hechizados por esos estados de “bienestar”. Y, aunque digan que no, Europa les necesita.

 

 

 

 

“no son pobres”, decía “no lo son”, “no hay hombres ricos ni pobres en el mundo… hay sinvergüenzas que no tienen reparo en robarle el pan al otro”


“Nos necesitan, nos necesitan” decían aquellos españoles inmigrantes en Suiza en los 70, cuando el huracán xenófobo desencadenado por los ultrarracistas de Acción Nacional pretendía echar a los inmigrantes de aquel país, cerrar las fronteras de la Confederación Helvética a los extranjeros. Esa minoría racista de suizos pretendía expulsar del país a los inmigrantes a través de un referéndum, sin embargo la euforia de las inmigrantes desembocó en las calles suizas ante el NO rotundo al referéndum.“Nos necesitan, nos necesitan, no pueden echarnos de este país como a perros,” decían los inmigrantes. “Era un triunfo moral que venía a compensar tantos días de temores e incertidumbres vividos entonces por los inmigrantes españoles “ afirma JB Filgueira, escritor español inmigrante.

Un periodista español denunciaba por la radio la partida de sus compatriotas,“España, de los reyes católicos, criada de Europa, porque no se van también los de la Iglesia…”. Desde la época de Rosalía de Castro y más adelante, en los 50, 60 y 70, España fue un país de inmigrantes, marchaban con maletas atiborradas de ilusiones hacia América, Francia, Suiza, Bélgica, Alemania, Holanda, e Inglaterra. El lema de esos inmigrantes españoles en Suiza era "Vivir en barracas para ahorrar al máximo y gastar lo mínimo..". En Francia habían 600.000 inmigrantes españoles, “yo soy un bruto, no sé leer; pero quiero que mi hijo estudie, que sea alguien...".decía el inmigrante español, ciento treinta mil hijos de emigrantes españoles deseaban ser alguien, aunque la mayoría no lo conseguía.

 

 


“La emigración española a Bélgica tiene principio y entraña de cante de mina..." afirma Filgueira en su libro “los emigrantes”. En Bélgica, en 1970, el escritor decía, "va siendo hora ya de ir dando aldabonazos sobre el sordo yunque de la conciencia europea, a fin de que nos escuchen de una vez y nos tengan en cuenta para algo más que tomar el sol en nuestras playas, asistir a una corrida de toros o para tocar palmas a uno que otro tablao flamenco. Y sobre todo donde estos aldabonazos deben sonar más fuerte, y más intensamente, es precisamente aquí, en Bruselas, capital del Mercado Común Europeo y de la OTAN, y donde nuestro representante en la CEE, el señor Ullastres, se ve obligado a tener más paciencia que un santo Job, mientras se pasa los años mendigando para que acepten nuestras lechugas, nuestros agrios, o, nuestros productos industriales, como si aquéllos fueran robados de huerto ajeno o estos últimos fueran inútil chatarra".

Los inmigrantes españoles que estaban en Alemania denunciaban: "en España nos han dorado la píldora y aquí en Alemania nos hemos llevado la desilusión..hay 3 millones y medio de trabajadores inmigrantes...la relación de comunicación en Alemania es nula para los españoles, los centros, los hogares españoles son válvula de escape. A muchos de ellos incluso les salva de la NEURASTENIA, el choque es brutal". Habían 200.000 inmigrantes españoles entonces en Alemania.

En Inglaterra, según datos de 1974, habían 30.000 inmigrantes españoles, trabajaban en el sector de la hostelería (63,3%), servicios domésticos (23,7 %) y en la industria y comercio apenas 7,9 %; en caso de tener permiso de trabajo sólo se les autorizaba para trabajar en estos sectores, no podían disfrutar, ni mucho menos, de los privilegios de los emigrantes súbditos de los países comunitarios ni de los pertenecientes a la Commonwealth, que, por el contrario, éstos sí podían desempeñar puestos y servicios más cualificados que los españoles.

 

En Holanda, país pequeño,en 1972 habían 20.067 inmigrantes españoles, 28.000 residentes en total.

Si bien Rosalía de Castro denunciaba la marcha de sus paisanos “a las Américas”en 1800, más tarde otros escritores, poetas, artistas y periodistas continuarían manifestando su dolor por la partida de miles de compatriotas españoles , esta vez a Europa. Quienes se iban a Europa escribían "Hace ya bastantes años, cuando todavía era yo rapaz, oía a menudo hazañas e historias de emigrantes, cosa nada extraña en mi Galicia natal, pues rara era allí la familia en la que alguno de sus parientes no había cruzado el charco, con sus maletas preñadas de ilusiones, tal como el hacer las Américas, allende los mares".

 

 

 

Gauchos inmigrantes alemanes en Argentina. En 1889 aquellos alemanes del Volga, "indocumentados" de fin de siglo que vinieron a hacer la América sin papeles ni cartas de ciudadanía. Son desprendimientos de la colonia madre de Alvear (1878).


Unos van y otros vienen, como la historia misma del hombre, fuimos y seremos inmigrantes, como los europeos que levantaron esos unidos estados, como los que llegaron a Latinoamérica y fueron bien recibidos, como los que llegaron a Sudáfrica; los que fueron de occidente a oriente, de Europa a África y las Indias; y ahora los que vienen, con maletas “preñadas” de los mismos sueños, arriesgando la vida en el intento, cuántas vidas de inmigrantes tragadas por la mar, cuántos sueños duermen en su entraña, duerme mucho debajo esas aguas, además de ricos cofres y barbudos, cuántos de oriente y cuántos de occidente, si la mar hablara.

 

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Españoles en Bariloche, Argentina

 

Por Elena Díaz Ureta,  es licenciada en periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona

 

En total, suman un medio centenar. Los españoles de esta ciudad de la Patagonia llegaron en diferentes oleadas a la Argentina, la última allá por el año 1950 ¿Cómo vienen a parar a Bariloche? Hambre y guerra son palabras socorridas que dan respuesta al porqué de tan largo viaje. Su historia es la del emigrante, la de un pasado del que había que escapar, la historia de la nostalgia, de la llegada a un mundo extraño de donde partir como una tabla rasa. Pero también la del reencuentro y reconciliación con el país que los vio nacer y de agradecimiento con el que los acogió.

 


Don Hipólito Tuero y Francisco Paco Sanz, dos españoles en Bariloche

“Yo llegué a la Argentina el 19 de octubre de 1950” La frase la suscribe Hipólito Tuero, un octogenario, bonachón, de Asturias, radicado en Bariloche. Si bien, con un ligero cambio de fecha, la podrían suscribir tantos otros, hombres y mujeres, que atravesaron el charco durante la primera mitad del siglo XX para lanzarse a las Américas. La historia del país sudamericano va sin duda ligada a la emigración. Pero emigración y España, fueron también durante un tiempo palabras indisolubles. Los roles han cambiado y Europa se enfrenta hoy, a diario, con cientos de inmigrantes que intentar cruzar sus fronteras.

Guerra, hambre, sacrificio y esfuerzo son palabras comodín en el relato del emigrante de cualquier época. A Tuero tampoco se le escapan de la memoria. Procedente de Gijón, una de las ciudades más importantes del Principado de Asturias, decide agarrar los bártulos y partir hacia Argentina un dos de octubre de 1950. De esa ciudad va a Lisboa, de ahí a Santa Cruz de Tenerife, Río de Janeiro, Montevideo y finalmente a Buenos Aires.

De niño había conocido las miserias de la guerra civil. Lo acusan como espía porque cada mañana, escondido bajo la campera, le lleva el diario a su jefe, un capitán de carabineros. “Sentía miedo, estaba impotente”, describe. Ya antes había comenzado a florecer la idea de marcharse; tenía un contacto en Venezuela, un médico, quien le había emitido el siguiente dictamen: Este es un país rico, amén de insano y miserable. “Yo eso no lo entendía, ni lo entiendo ahora”, cuenta, sin el menor alarde de vanidad.

Tuero era el mayor de nueve hermanos. Uno de ellos, que se ganaba la vida en un bar de Buenos Aires, fue su puerta de acceso al país. Le consiguió un empleo en una fábrica antes de salir de Asturias, trabajo que mantuvo durante dos años, hasta su traslado a Bariloche. En El rincón de Galicia, así se llamaba el oportuno bar, le esperaba a Tuero un gran banquete a su llegada. “¡Yo no me lo podía creer!”, exclama. Una vez aquí, se instala por su cuenta, “con sacrificio y mucha lucha”. Abre una zapatería que le dura hasta la peor época de la crisis argentina, momento en el que tuvo que “bajar la persiana”. Aún así, para él y a pesar de que ha regresado a España en repetidas ocasiones “los peores momentos siempre pasaron allá”.

Hipólito Tuero forma parte del medio centenar de españoles que viven en San Carlos de Bariloche. La colectividad, una de las más fuertes de la ciudad, se institucionaliza a través de la Asociación Española, sita en pleno centro. En palabras de Lola Calvo, Vicecónsul de España, cuenta con alrededor de 250 socios, la mayor parte descendientes de esos españoles que se fueron acercando a esta zona de la Patagonia y que hoy conforman un grupo más bien pudiente. Se enorgullecen de ser una sociedad “abierta y sana”, en la que tiene cabida todo el mundo. Buena prueba de ello es que de los catorce miembros de su Comisión Directiva, uno es de origen ruso.

El padre de Calvo fue uno de los pioneros que fundan la Asociación el mismo año que cae la “gran nevada” de Bariloche, en 1944. Según consta en sus actas, se crea como organización de “socorro mutuo” y en la actualidad, no recibe ningún fondo del Estado Español. En realidad, la mayor parte de sus ingresos procede de la renta de los alquileres de distintos locales de su propiedad. De igual manera, cuenta con un predio, en la entrada al pueblo, con más de cinco hectáreas y que también se arrenda para casamientos y otras fiestas. Aparte del doce de octubre y otras celebraciones, la sociedad organiza cada jueves desde hace unos años una cena que congrega a sus socios. Entre ellos, Demetrio Pereda o Luís Prida.

El primero llega a la Argentina, con su madre y hermanos, justo antes de que estallara la Guerra Civil, en el año 1936. Venían escapando. Pereda se crió entre Madrid, Praga y París. “Yo jugaba en la Plaza de Oriente, al lado del Palacio Real”, explica con un acento todavía castizo. Su padre, que era socialista, había sido correo diplomático, y acabó asesinado cuando él no tenía más que siete años. De su progenitor habla loas: “era una figura, era íntimo amigo del Presidente de Francia”. El trece de agosto de ese fatídico año fallece, y en septiembre Pereda se halla en la capital francesa, soportando las bombas de los alemanes. “Un buen día mi madre se encuentra en un hotel de París”, detalla, “con cuarenta años, sin su marido, que era el que lo manejaba todo, y con cuatro hijos”.

Ante tal tesitura, emprenden rumbo hacia la Argentina, donde un tío paterno les esperaba en Rosario. Los primeros años resultan duros, especialmente para su madre, que tiene que tomar la batuta familiar. Dado que era el benjamín de la casa, resulta privilegiado: “pude estudiar de día”. Con los años, pero todavía muy joven, decide casarse. Es ahí cuando pasa a trabajar para el Banco Comercial de Rosario. En éste “había tres ordenanzas, uno gallego, otro vasco y otro asturiano. Cuando llegué yo era el orgullo de ellos porque era el primer español que no entra como ordenanza”. Más tarde paga el pato de ser español y de Rosario le toca ir, esta vez ya como empleado del Banco de la Nación, a San Lorenzo. “De todo el personal, al único que enviaron a trabajar fuera, a San Lorenzo, fue a mí”, relata, pero también “me dieron algo que no le dieron a los otros: la posibilidad de crecer, de ascender en el banco”. Dos décadas después lo destinan nuevamente. Y así, en el año 1983, en enero, desembarcan en Bariloche.

¿Qué es España para Demetrio? “El recuerdo”, contesta con la mirada cristalina. Qué sentido tiene volver hoy, sin su esposa, Alicia, “el amor de mi vida”, que murió hace ahora cinco años. La de hoy es “una maravilla, para la pobre España, tan vapuleada... Todo el sufrimiento lo han sabido capitalizar. Hay que conocer la historia del pueblo, del campesinado y obrero español”. Con su verbo ilustrado, fruto de muchas lecturas, sólo y en compañía –“de pequeño mi hermano leyó entero conmigo El Quijote, y me lo pasé fenomenal”– Demetrio Pereda, un auténtico caballero español, emite una frase que le clava a uno en el asiento: “No hay que perder la memoria para no perder lo que tenemos ahora”.

El que sí regresó a Asturias, su tierra chica, fue Prida. Sale de allá también a mediados de siglo con sus padres y cinco hermanos. Antes ya lo habían hecho dos más y su abuelo. Su padre estuvo preso durante un lustro a inicios del franquismo, aunque en realidad, el verdadero motivo de abandonar aquellos verdes prados no fue otro que la necesidad económica. Acá, primero se instala en la Plata, con su primo. Meses después regresa con su familia a la capital. Su primer trabajo en Buenos Aires es en un boliche, “como buen gallego”, donde dura un mes, comenta burlón. Después, comienza a estudiar mecánica, su auténtica vocación. Con los años llegaría a tener su propio taller, que aún mantiene, e incluso ejerce de copiloto de turismo de carretera. “Como hobby y a dolor”, añade Antonia, su esposa ¿Por qué vienen a la Patagonia? La casualidad hizo de las suyas y elige Bariloche, en lugar de Tucumán, como lugar donde instalarse. Ambos eran los sitios candidatos a los que habían pensado moverse para escapar de la vorágine porteña.

Cuando realiza ese primer viaje a España Prida acaba decepcionado. El motivo es doble. De un lado, nada permanecía igual a como lo había dejado. De otro, cuando las cosas se empiezan a poner feas en Argentina habían pensado trasladarse de manera definitiva a allá, pero la situación del país, de España, que se acaba de estrenar en la por aquel entonces Comunidad Europea, les desanimó a hacerlo y regresan como volvieron. Otra vez con las maletas para casa.

 


Don José Carballo junto a su amigo Julio, y Luis Prida entre recuerdos de su taller.

El reencuentro

¿Cómo es el reencuentro de un emigrante con su tierra? “Lloré, ¡ah!”, dice en gallego, José Carballo. “Los gallegos somos muy sentimentales”, puntualiza. Sin embargo, Carballo o Manolito, como le conoce buena parte de la ciudad gracias al almacén homónimo que regentó durante más de tres décadas en Bariloche, hace honor a su apellido, roble, en esa lengua, y demuestra la fortaleza de quien ha padecido y superado graves problemas de corazón. En realidad, los motivos de salud son los que le impulsaron a dejar Buenos Aires, la ciudad donde permaneció hasta los 37 años.

Carballo ahora cuenta con más de sesenta, pero posee el brillo en los ojos de un chico de quince. Unos ojos que se humedecen cuando recuerda su Galicia natal. “Papá allá era patrón de pesca, el equivalente a timonel”, explica. Hoy, a pesar de los cambios, la población de la zona aún se dedica al oficio. “Era el menor de muchos hermanos y la mayor estaba en Argentina, con la excusa de verla se vino”, añade. Primero llegó el cabeza de familia, después, “juntó dinero para reclamarnos y mandar la plata para el pasaje. Y bueno, la trajo a mamá al año, a mí y a mi hermana. Yo tenía seis años, iba para siete, y mi hermanita un año y pico. Y la cosa fue dura”. En España, relata con añoranza, tenía mucho bienestar, “para un chico, para un rapaciño”. De vivir en el campo, rodeado de la familia, “me encontré viviendo en una ciudad”; en otra escuela, otro acento, otro mundo, “un lugar diferente en el que me sentía ahogado”.

Los padres de José se fueron de una España que “no les daba cabida, sin posibilidades”, en busca de un futuro más prometedor, para ellos y para los suyos. Recién llegados a Buenos Aires participan de las romerías convocadas por el popular Centro Gallego, en la zona de Palermo. “Íbamos ahí”, cuenta, “contratábamos tres o cuatro gaiteros, la pandereta, y a pasar el día, comiendo empanadas y bailando”.

Carballo es oriundo de Moaña, un pueblecito de la provincia de Pontevedra, limítrofe con Portugal y ubicado en el grandioso marco de la ría de Vigo. El amor a su tierra, y la nostalgia, podrían parecer impropias de alguien que emigró a tan temprana edad. Pero la explicación es simple: “La morriña es mucha y muy intensa, pero debe de ser más por lo que nos transmitieron nuestros padres”. Su papá nunca pudo regresar. Él, que tenía una cuenta pendiente, vuelve en dos ocasiones a Europa. La primera y más emotiva hace dieciséis años. En aquella ocasión viajó con Cristina, su mujer, y dos matrimonios amigos.

“Cuando dejamos Asturias y entramos en Galicia, al mejor estilo del Papa Juan XXIII, le di un beso a la tierra, y a partir de ahí empecé a disfrutar”, cuenta. La primera parada fue en Santiago de Compostela, la capital gallega, donde se pone en contacto con un primo al que no veía desde medio siglo atrás. A Moaña, “llegamos a las dos y media de la madrugada, y fui directo al cruceiro. Ahí estaba la taberna donde nací yo, la taberna de mi abuelo,…”. Poderosos recuerdos debe encerrar ese lugar. Para su satisfacción “todo estaba tal cual recordaba”. No es así en otros casos, en los que le emigrante se lleva la desilusión de no poder reconocer el sitio que le vio nacer. “Mira que yo tenía seis años, pero la taberna, la iglesia, el Cristo, la casa, en fin, todo estaba igual. Y después, me trataron como a uno más”, dice.

El volver al terruño es una necesidad vital para muchos emigrantes. “Yo lo que quería era ver a mi familia, encontrarme con mis raíces”, aclara. La segunda vez que emprende rumbo a España lo hace sin compañía. Entonces su objetivo era “recordar lo que había vivido con papá; encontrarme con mi gente y conmigo mismo”.

¿Cómo es la España de hoy? Probablemente irreconocible en muchos aspectos para quien la dejó hace tanto tiempo. “Pero pienso que nos tiene olvidados”. La reflexión de Carballo tiene que ver con el polémico asunto del voto del emigrante, que precisamente en las últimas elecciones de la comunidad gallega, hace menos de un año, ha traído cola. “Bueno, les guste o no les guste, y estemos donde estemos, seguimos siendo gallegos y nacimos en España”, subraya. “Yo, sin pretender ser fanfarrón, sé mucho más de política y de la realidad de allá que muchos de mis paisanos. Además, no nos vinimos a pasear, ni renegamos de los nuestro; nos fuimos obligados por distintas circunstancias”, justifica.

Una historia más atípica es la de Paco Sanz, también gallego, esta vez de La Coruña, y asentado en Bariloche. Su historia es diferente porque a tenor de lo que dice, no fue la necesidad lo que empujó a su familia a venir a la Argentina. Su padre, que era joyero, tenía un negocio próspero en esa ciudad, así que, a día de hoy, Sanz, que siguió sus pasos y también se dedica a la joyería, no se explica aún qué le motivo a emprender semejante viaje allá cuando corría el año 1954. “Era medio bohemio”, emite entre reflexiones con un dulce deje coruñés.

El cambio tampoco fue fácil. Sanz se embarca el día que cumple los quince años en el Alcántara, el buque británico que tardaría cerca de un mes en atravesar el Atlántico, desde Vigo a Buenos Aires. “El primer año fue llorar, llorar y llorar. Fue un sufrimiento muy grande, con la amenaza a mis padres de volverme para España y fugarme”, cuenta. Sin embargo, las cosas fueron bien: a los dos años logra independizarse y a los 23 ya puede alardear de tener a quince personas a su cargo, en su propia joyería. En la capital permaneció una década más, pero enseguida descubre Bariloche, un sitio más tranquilo y seguro que le recuerda a su ciudad de origen, donde decide echar raíces y criar a sus hijos.

Paco Sanz es otro de esos emigrantes que se vuelve con el sabor amargo de la decepción tras su primera y única visita a España. Ya no quedaba ninguno de sus amigos: todos habían hecho lo mismo que él, marcharse. “Uno se va con la imagen que queda grabada y cuando vuelves no es lo mismo”, confiesa. Sus padres, sin embargo, “nunca volvieron. Nunca quisieron ir. No les pregunté tampoco”, cuenta este gallego reservado, “pero es una cosa que me llama la atención, que nunca quisieran volver”. Hoy por hoy, después de toda una vida, tampoco él se marcharía. “Aunque me diesen el triple”, dice, “a mí me encanta la Argentina y la Patagonia. Es el lugar que yo amo. Yo siempre digo que éste es mi país, y por supuesto, que España es mi patria”.

El abuelo de los españoles

  

Otro español que ama la Patagonia, y en especial Las Bayas, el pueblo donde estuvo la mayor parte de su larga vida, es Aurelio Morán. Morán es quizás el español originario de más edad de Bariloche. Con 94 años, y a pesar de que los recuerdos van y vienen en su cabeza, su conversación conserva gran lucidez, con detalles increíbles acerca de su infancia. Más que un viejecito enternecedor, Aurelio Morán es un niño grande que se ríe de todo. Un hombre entrañable.

Procedente de Quintanilla, un pequeño pueblo de la provincia de León, a Argentina vino a parar a la edad de diez años. Como la mayoría, partió del puerto de Vigo, junto con su madre y sus dos hermanas, ya que su padre había salido antes hacia Sudamérica escapando del hambre de España de principios de siglo. Dice que del viaje, “que duró una barbaridad”, recuerda “pedirle al mozo queso, chis, como le llamaban, chis, chis” y que “mamá viajó mareada todo el tiempo”.

En la provincia de Buenos Aires su padre trabajaba como fogonero, un oficio que detestaba. Un buen día se saca la gorra y lanza: Para el lado que la  tire el viento voy. “La tiró y marcó para acá. Agarró el tren y se vino para Neuquén”, donde “no había nada, nada”, narra el leonés. Más tarde, él junto con toda la familia se traslada a Las Bayas, la verdadera patria de Morán, a más de cien kilómetros de Bariloche. “Quiero con locura Las Bayas. Vos no lo podés olvidar, lo llevas adentro”, dice.

Su padre fallece pronto, a los cinco años de llegar él de España, un incidente que sin duda le marcaría. “Nosotros teníamos una casa y una chacra. Fuimos con papá a levantar un alambre, y entonces él se sintió mal, qué íbamos a saber nosotros que era un ataque cardíaco”, expresa, “le digo, Papá, mejor vamos para casa. Sí, me dijo, vamos porque no me siento nada bien. Al día siguiente yo salí a buscar leña, y un señor, un amigo, dice, No carguen los carros, vuelvan para atrás, que falleció el compadre Santiago. Santiago era papá…”.

Detrás de sus años en el sur argentino, hay una vida de mucho esfuerzo y sacrificio. Acá hizo de herrero, de labrador, “de todo”, pero principalmente de ganadero. “La vida en la Patagonia ha sido dura, muy dura, había que trabajar mucho. De las mil y pico de ovejas que nos dejó papá cuando murió, llegamos a tener 8.500”, explica. “Yo veía que el capital iba subiendo, sí, pero con mucho trabajo”, dice.

Morán se adueña con gracia del refrán “mala hierba nunca muere”. Aquí está, “vivito y coleando”, en Bariloche, tras tener que dejar Las Bayas hace unos años a causa de su salud. Su rutina  consiste en la lectura del diario, “se lo lee todo”, comenta una de sus nietas, sobre todo, “los artículos de fondo”, como él los llama.

Nunca regresó a España. Mejor dicho, nunca tuvo intenciones de hacerlo. “Hoy no lo digo, pero antes lo decía, que antes de ir a Quintanilla preferiría ir al Japón o a Rusia, a cualquier lado antes que allí. Era un pueblo muy ruin, muy ruin”.

 La España del siglo XXI, la que recibe inmigrantes de todos los rincones del globo, la de la Unión Europea y la del euro, la España del progreso y de las paradojas del progreso ha cambiado. Aunque, tal vez, aún quede algo de esa España que hacía trabajar a niños como Morán, con seis años de edad, a los que ofrecía el campo como cuna.

 

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De nuevo, la migración salvadoreña es objeto de estudio por expertos estadounidenses

 


Imelda Interiano/Erick Rodríguez
ayuda@elsalvador.com

Salen. Miles de alvadoreños tratan de cruzar la frontera más vigilada del mundo. Foto EDH /Archivo
“Los salvadoreños que llegaron a estados unidos en la década de los ochenta sintieron en carne propia la importancia de luchar por un sistema que les permita vivir bajo una democracia”, Angela Sambrano.

El flujo de compatriotas salvadoreños hacia la Unión Americana no se detiene. En cifras oficiales más de un millón y medio reside en ese país, donde participa en los procesos electorales internos. Elige y es electo para desempeñar cargos públicos


Las complejas causas que la han motivado (guerra, delincuencia, búsqueda de mejores oportunidades sociales y laborales) siguen escrutándose pero ahora son las actitudes y comportamientosde la diáspora dentro de su “nuevo” país lo que llama la atención.

Las estadísticas señalan que un promedio de 300 salvadoreños salen a diario de forma indocumentada hacia Estados Unidos. Muchos son capturados en territorio mexicano o guatemalteco y deportados, pero los que tienen mejor suerte apenas llegan a suelo estadounidense realizan todo tipo de trabajos, en ocasiones riesgosos.

Datos

La pronta adaptación de los cuscatlecos y el arraigo que demuestran con su tierra natal son dos de las temáticas investigadas.

Las remesas surgen a la luz de ese particular binomio. Sólo en el primer semestre 2005, más de $1,600 millones se recibieron desde EE.UU.

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